Y yo la sin nombre
la impenetrable
y única.
Y yo en el tiempo del olvido
y en el tiempo de las rosas
y de las frutas.
la impenetrable
y única.
Y yo en el tiempo del olvido
y en el tiempo de las rosas
y de las frutas.
(de “Las uvas del tiempo” Marina Arzola)
…Y yo la que siempre anhela la soledad, pero le tiene pavor a estar sola.
Con el movimiento de los días y las noches, vamos cambiando y adoptando temores. En días recientes comentaba con una amiga como, de adolescentes, no le teníamos miedo a estacionarnos en ciertos lugares, ir a ciertas barras caídas en canto o guiar a ciertas horas. Después de algunas transacciones con la madurez, nos tornamos esquivos, defensivos, con murallas gigantes de protección contra los otros.
En mi afán por la diferencia, no sé donde me perdí. Quería/ quiero ser única e impenetrable. La pregunta es: ¿contra quien lucho? ¿Para quién quiero ser impenetrable? O, simplemente, mostrarme así para que un personaje romántico venga y me salve. Para que venga y derribe mis murallas, y me enseñe lo que es la palabra amor. ¿Cómo medio las fantasías, impuestas por la sociedad, de mi niñez y las visiones modernas, impuestas por la sociedad, sobre lo que debo ser?
Creo que caigo en el olvido por eso… por que no logro mediar entre mi conocimiento de hoy y el del ayer. Quizá por eso sigo viendo Peter Pan y soñando con el País de Nuncajamás. Hay algo de poder escapar que me fascina. Cada vez que algo difícil pasa por mi camino, me imagino montada en un avión, despegando a un destino incierto, lejos de las dificultades del crecer.
El problema yace en que no soy la única. Somos tantos los que vagamos por adoquines escapando la realidad; algunos se drogan, otros beben y hay otros (a mi entender, sumamente, importantes) que observan. Son las miradas cómplices que se reconocen y callan, los que guardan los secretos de una sociedad que no admite sus infelicidades e infidelidades. Somos muchos los infieles que no sabemos como sernos fieles a nosotros mismos. Buscamos, en las acciones de los demás, las contestaciones a nuestros problemas. En vez de buscarlos en la televisión o en la lectura, como muchos otros, nos paseamos por los ámbitos nocturnos mirando a los otros. Quizá lo hacemos para compararnos con los otros y sentirnos mejor, porque, a la fin y a la postre, no estamos tan jodidos. Escapamos en las historias de los otros. Observas los turistas y te inventas historias de las razones por las que están de viaje. Ves a dos mujeres tomarse de las manos y te las imaginas en la intimidad, ignorando que quizá son amigas y jamás se tocarían de esa manera. O la inversa, dos mujeres que siempre andan juntas y calladamente se desean, sin expresarlo una a la otra.
En esta ciudad de observadores, nos vamos reconociendo. Son la misma gente que se repite, los mismos tragos, las mismas horas, las mismas expectativas: que la noche cambie el trayecto de nuestras vidas. Cada uno condiciona la existencia del otro. Mi presencia se justifica por la de quienes me acompañan. El juego no funcionaría en soledad, aunque la acción es una solitaria. Necesitas un cómplice al lado tuyo para poder entrar. Mientras ambos beben, ambos observan y ambos divagan. Cada uno desarrolla sus propios deseos y no hay garantía de que la persona que te acompaña te pueda complacer. Uno está solo en el tiempo de las rosas o en el de las espinas. Benedetti dice que uno piensa y, luego, existe. Creo que uno siente y después existe. El dolor nos hace sentir vivos, la felicidad nos extasía. Sentimos en soledad, aunque la otra persona sienta la misma categoría de sentimientos, la intensidad es distinta. Sentimos solos, vivimos solos, dentro de una comunidad.
De ahí los miedos, de hallarnos solos frente a una masa de gente y no querer aceptar nuestra anonimidad en el mundo. ¿Cómo hacer para sentirnos vivos, si estamos solos, pero nuestra vida está condicionada por los demás? ¿Qué creer ante las palabras de los otros? ¿Ante el piropo de alguien que está con otro? ¿Cómo juzgar a los confundidos como yo? ¿Dónde están los limites de la credulidad? ¿Dónde están los límites de la intimidad?
Yo la impenetrable porque debo defenderme del mundo que ya me hirió. Y cuando por fin bajo las murallas y me descubro ante la mirada de otra persona, el juego acaba, las ilusiones no pensadas se vuelven reales y hay que escapar. En el mundo de las transacciones, las soledades no son canjeables. Cuando se traspasan los límites, volvemos a la torre del castillo y allí soñamos que estar en el olvido no sea tan doloroso, que el olvido no nos niegue la existencia y que el próximo que venga a condicionar mi existencia pueda salvarme, aunque yo no quiera hacerlo. En el mundo de las complicidades, mi único cómplice soy yo, la sin nombre, la impenetrable, la única.
Con el movimiento de los días y las noches, vamos cambiando y adoptando temores. En días recientes comentaba con una amiga como, de adolescentes, no le teníamos miedo a estacionarnos en ciertos lugares, ir a ciertas barras caídas en canto o guiar a ciertas horas. Después de algunas transacciones con la madurez, nos tornamos esquivos, defensivos, con murallas gigantes de protección contra los otros.
En mi afán por la diferencia, no sé donde me perdí. Quería/ quiero ser única e impenetrable. La pregunta es: ¿contra quien lucho? ¿Para quién quiero ser impenetrable? O, simplemente, mostrarme así para que un personaje romántico venga y me salve. Para que venga y derribe mis murallas, y me enseñe lo que es la palabra amor. ¿Cómo medio las fantasías, impuestas por la sociedad, de mi niñez y las visiones modernas, impuestas por la sociedad, sobre lo que debo ser?
Creo que caigo en el olvido por eso… por que no logro mediar entre mi conocimiento de hoy y el del ayer. Quizá por eso sigo viendo Peter Pan y soñando con el País de Nuncajamás. Hay algo de poder escapar que me fascina. Cada vez que algo difícil pasa por mi camino, me imagino montada en un avión, despegando a un destino incierto, lejos de las dificultades del crecer.
El problema yace en que no soy la única. Somos tantos los que vagamos por adoquines escapando la realidad; algunos se drogan, otros beben y hay otros (a mi entender, sumamente, importantes) que observan. Son las miradas cómplices que se reconocen y callan, los que guardan los secretos de una sociedad que no admite sus infelicidades e infidelidades. Somos muchos los infieles que no sabemos como sernos fieles a nosotros mismos. Buscamos, en las acciones de los demás, las contestaciones a nuestros problemas. En vez de buscarlos en la televisión o en la lectura, como muchos otros, nos paseamos por los ámbitos nocturnos mirando a los otros. Quizá lo hacemos para compararnos con los otros y sentirnos mejor, porque, a la fin y a la postre, no estamos tan jodidos. Escapamos en las historias de los otros. Observas los turistas y te inventas historias de las razones por las que están de viaje. Ves a dos mujeres tomarse de las manos y te las imaginas en la intimidad, ignorando que quizá son amigas y jamás se tocarían de esa manera. O la inversa, dos mujeres que siempre andan juntas y calladamente se desean, sin expresarlo una a la otra.
En esta ciudad de observadores, nos vamos reconociendo. Son la misma gente que se repite, los mismos tragos, las mismas horas, las mismas expectativas: que la noche cambie el trayecto de nuestras vidas. Cada uno condiciona la existencia del otro. Mi presencia se justifica por la de quienes me acompañan. El juego no funcionaría en soledad, aunque la acción es una solitaria. Necesitas un cómplice al lado tuyo para poder entrar. Mientras ambos beben, ambos observan y ambos divagan. Cada uno desarrolla sus propios deseos y no hay garantía de que la persona que te acompaña te pueda complacer. Uno está solo en el tiempo de las rosas o en el de las espinas. Benedetti dice que uno piensa y, luego, existe. Creo que uno siente y después existe. El dolor nos hace sentir vivos, la felicidad nos extasía. Sentimos en soledad, aunque la otra persona sienta la misma categoría de sentimientos, la intensidad es distinta. Sentimos solos, vivimos solos, dentro de una comunidad.
De ahí los miedos, de hallarnos solos frente a una masa de gente y no querer aceptar nuestra anonimidad en el mundo. ¿Cómo hacer para sentirnos vivos, si estamos solos, pero nuestra vida está condicionada por los demás? ¿Qué creer ante las palabras de los otros? ¿Ante el piropo de alguien que está con otro? ¿Cómo juzgar a los confundidos como yo? ¿Dónde están los limites de la credulidad? ¿Dónde están los límites de la intimidad?
Yo la impenetrable porque debo defenderme del mundo que ya me hirió. Y cuando por fin bajo las murallas y me descubro ante la mirada de otra persona, el juego acaba, las ilusiones no pensadas se vuelven reales y hay que escapar. En el mundo de las transacciones, las soledades no son canjeables. Cuando se traspasan los límites, volvemos a la torre del castillo y allí soñamos que estar en el olvido no sea tan doloroso, que el olvido no nos niegue la existencia y que el próximo que venga a condicionar mi existencia pueda salvarme, aunque yo no quiera hacerlo. En el mundo de las complicidades, mi único cómplice soy yo, la sin nombre, la impenetrable, la única.
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